FICCIONES IV: OLAVIDE B-74
La despojaron de su identidad, cuidadosamente doblada en su maleta, y tan sólo permi-
tieron que conservara un vestido de flores y su laca de uñas rojo fuego. Le asignaron un
número de tres cifras, el 74.2, y le dieron un sobre con unas llaves, unas zapatillas
blancas y un juego de toallas con una inscripción en azul: SM OLAVIDE.
La destinaron al Pabellón B, habitación 74, donde compartía encierro con Gallo, una pro-
vinciana gorda y rosada que olía a lavanda y a caldo caliente. Gallo recibió a Alicia sen-
tada en una silla de mimbre, junto a la ventana, cabeceando plácidamente mientras miraba
al vacío y sonreía con sus labios bondadosos, ya entonces inmersos en una entrecortada
plegaria silenciosa. Aquella tarde llovía fuera.
Se acostumbró pronto a la susurrante presencia de Gallo y le agradaba encontrarla en el
dormitorio al volver de terapia, con su aroma a campo y su balanceo de cabeza. Fuera
de la habitación 74, lejos del calor de Gallo, había un mundo blanco y opresivo, donde
los horrores se encarnaban en personas deformes y ruidosas custodiadas por una legión de
enfermeros asépticos vestidos de azul. Alicia odiaba patológicamente a aquellos pitufos
esterilizados que la drogaban, cada día, con una suerte de arcoíris farmacológico. Pero
sobre todo les odiaba porque, eventualmente, hacían desaparecer a Gallo durante semanas,
y cuando se la devolvían, olía a desinfectante, quitaesmalte y alcanfor. Y sonreía menos,
mucho menos, casi nada.
Las ausencias de Gallo empezaron a sucederse con mayor frecuencia y cada retorno se con-
vertía en un drama patético que terminaba en lágrimas, gritos y trankimazín intravenoso.
Aquella tarde, cuando Alicia despertó de su siesta inducida, la habitación ya no olía a
flores frescas ni a caldo caliente. En su lugar, la atmósfera densa y agobiante que precede
a una tormenta de otoño y un nuevo juego de toallas, sobre la mecedora de mimbre, en el
que descansaban unas zapatillas blancas y un sobre con un número, el 74.1. Se acercó a la
ventana y retiró las cortinas con una triste plegaria silenciosa brotando de sus labios.
Entonces, comenzó a llover. Y Alicia, rompió a llorar.
Texto: Olavide B-74, por E.Sarmiento
Fotografía: Llueve fuera, por Ana Zaragoza






Muy evocador. Me gusta. ¿Se apellida Gould?
Bueno, digamos que la conoce…