Fanzine Especial #SpanishRevolution: Última hora

El Ministerio de Anestesia informa: la Puerta del Sol ha sido tomada por un grupo de insurgentes.
Se teme que el pueblo haya despertado.
Texto: Última hora, por Elena Sarmiento
Fotografía: Hitchcock, por Ana Zaragoza
RAREZAS III: MARAÑAS

Me llevas al huerto sin cuentos, sin caperucitas, a lo lobo.
Me enredas en malezas sin sutilezas.
Recorre tu dedo sabio la senda y yo…
yo me erizo,
tú te enzarzas,
yo me pierdo,
tú... tú m’arañas.
* Aviso: si me emboscas, me encuentras.
Texto: Marañas, por Elena Sarmiento
Fotografía: Maraña, por Ana Zaragoza
FANZINE I: VINTAGE

Husmean en pretérito cotidiano, entre discos de vinilo y máscaras de
gas. Buscan gangas y nostalgias. Bueno, bonito, barato. Vintage.
Compradores de pasado al peso. Compulsivos, compulsados, complacientes.
Con sus amaneceres oxidados y sus lentes de metal. Espaldas anónimas de
paseo mustio y paso fatigado, con jersey de lana gruesa y bolsita del pan.
Hunden medios cuerpos y cuerpos enteros entre cajas de botones y botines,
de camafeos bonitos y feos. De sellos, de sayos, de álbumes de cromos,
de calendarios guarros.
Consumidores de ayeres y caducidades. Anónimos, ajados, ajenos. Adictos
a los naufragios de calderilla, a las derivas de sofá. Coleccionistas de
miserias y misales. De pasados imperfectos. De cuentas atrás.
Texto: Pasados Imprefectos, por Elena Sarmiento
Fotografía: Bizarro, por Ana Zaragoza
RAREZAS II: NOS CRUZAMOS

- Postdata: Nos dejamos huella cuando nos hacemos (el) polvo.
Texto: Nos cruzamos, por Elena Sarmiento
Fotografía: Nos cruzamos constantemente, por Ana Zaragoza
FICCIONES III: DÍAS SUAVES

Su cuerpo delgado comenzó a temblar cuando subió al avión y no dejó de hacerlo
hasta que pudo intuir su robusta silueta al otro lado del control de pasaportes,
tras el cristal, esperándola con su sonrisa franca y sus ojos sinceros. Se
besaron, se abrazaron, se olieron, se volvieron a besar. Y, durante un instante
eterno, se tocaron todo. La cabeza, los hombros, los brazos, como ciegos que reconocen
al otro mediante el tacto, como dos locos incrédulos en medio del pequeño
aeropuerto de Timisoara. Nieva fuera.
El tranvía que cruza la ciudad, lento y ruidoso, les conduce hasta el hotel.
Ajenos al frío y al bullicio, refugiados en la esquina de un viejo vagón, Alba y
Vicente comparten, entre susurros de bufanda y caricias de guante blanco, un café
espumoso y un muffin de chocolate. Se les escapa una risa tonta.
Ya en la habitación, sin abrigos, sin maletas, sin frío, sin ruido, se comen a
besos, se desnudan, se descosen las costuras y se hablan bajito, muy bajito, casi
enano. Hasta que se quedan dormidos con los cuerpos confundidos entre sábanas
deshechas, sudor y piel. Se les escapa un suspiro corto.
La mañana se teje entre las ranuras de la vieja persiana. Alba se despierta. En
el baño, la luz le parece como de algodón. Se estremece: aún conserva su última
caricia. Sobre su piel desnuda, sus manos mojadas; sobre sus labios dormidos, su
aliento; sobre sus ojos cansados, la noche; el deseo, sobre todo ello. Vuelve a
la habitación, cálida y oscura, y se acurruca entre los brazos de Vicente, que
aún duerme. Está feliz. Hoy el día se presenta suave. Y fuera, sigue nevando.
Texto: Días Suaves, por E.Sarmiento
Fotografía: Días Suaves, por Ana Zaragoza
Colecciona: La fotografía Días Suaves disponible para la adquisición de copias seriadas aquí.
RAREZAS I: PERRO PÁRAMO

Estaba tan bella, tan tranquila, tan feliz en ese espacio sin culpas del
sueño que Rulfo procuraba no hacer ruido con sus patitas al salir de la
habitación. Sabía que no podía dormir allí, con ella, para vigilar su
descanso, porque él llegaría ciego de poder y de noche llevándoselo todo
por delante: el sueño, la calma, el silencio, la cama.
Desde el otro lado de la puerta, Rulfo oía la respiración agitada de Su-
sana, que ya no dormía tan bella, tan tranquila, tan feliz. Y se moría
por entrar en la habitación. Se moría por salvarla, por salvarla de él y
de sí misma. Y se moría de pena. Se moría. Y moría. Tum-tum, tum-tum.
De pronto, el silencio, el frío, la nada. Rulfo ya no hacía ruido con
sus patitas al bajar por la escalera, al salir a la calle, al cruzar la
carretera, al llegar a la playa. A una playa por la que solía pasear
cada mañana con Susana y que ahora se le presentaba heladora, escalo-
friante, desértica, muda: Cala Comala.
Y en Cala Comala, Rulfo vaga hoy como alma en pena, errático, fantasmal,
arrepentido, buscando con su hociquito negro y sus ojillos perdidos la
forma de expiar su culpa. Por no haber cuidado de su descanso, por no
haberla salvado de su dueño, por morirse de pena y paralizarse de miedo
mientras, al otro lado de la puerta, Susana entraba para siempre en ese
mundo sin culpas del sueño eterno. Tan bella, tan desolada, tan triste,
tan… Tum-tum, tum-tum.
Texto: Perro Páramo, por Elena Sarmiento
Fotografía: Animales, por Ana Zaragoza
FICCIONES IV: OLAVIDE B-74
La despojaron de su identidad, cuidadosamente doblada en su maleta, y tan sólo permi-
tieron que conservara un vestido de flores y su laca de uñas rojo fuego. Le asignaron un
número de tres cifras, el 74.2, y le dieron un sobre con unas llaves, unas zapatillas
blancas y un juego de toallas con una inscripción en azul: SM OLAVIDE.
La destinaron al Pabellón B, habitación 74, donde compartía encierro con Gallo, una pro-
vinciana gorda y rosada que olía a lavanda y a caldo caliente. Gallo recibió a Alicia sen-
tada en una silla de mimbre, junto a la ventana, cabeceando plácidamente mientras miraba
al vacío y sonreía con sus labios bondadosos, ya entonces inmersos en una entrecortada
plegaria silenciosa. Aquella tarde llovía fuera.
Se acostumbró pronto a la susurrante presencia de Gallo y le agradaba encontrarla en el
dormitorio al volver de terapia, con su aroma a campo y su balanceo de cabeza. Fuera
de la habitación 74, lejos del calor de Gallo, había un mundo blanco y opresivo, donde
los horrores se encarnaban en personas deformes y ruidosas custodiadas por una legión de
enfermeros asépticos vestidos de azul. Alicia odiaba patológicamente a aquellos pitufos
esterilizados que la drogaban, cada día, con una suerte de arcoíris farmacológico. Pero
sobre todo les odiaba porque, eventualmente, hacían desaparecer a Gallo durante semanas,
y cuando se la devolvían, olía a desinfectante, quitaesmalte y alcanfor. Y sonreía menos,
mucho menos, casi nada.
Las ausencias de Gallo empezaron a sucederse con mayor frecuencia y cada retorno se con-
vertía en un drama patético que terminaba en lágrimas, gritos y trankimazín intravenoso.
Aquella tarde, cuando Alicia despertó de su siesta inducida, la habitación ya no olía a
flores frescas ni a caldo caliente. En su lugar, la atmósfera densa y agobiante que precede
a una tormenta de otoño y un nuevo juego de toallas, sobre la mecedora de mimbre, en el
que descansaban unas zapatillas blancas y un sobre con un número, el 74.1. Se acercó a la
ventana y retiró las cortinas con una triste plegaria silenciosa brotando de sus labios.
Entonces, comenzó a llover. Y Alicia, rompió a llorar.
Texto: Olavide B-74, por E.Sarmiento
Fotografía: Llueve fuera, por Ana Zaragoza
FICCIONES II: EL TESORO DE MI ABUELA

Su memoria histórica no falla. Sin conflicto lingüístico, sin autodeterminación,
sin nada. Cada primer domingo de mes, sentada a las brasas de su mesa-camilla,
aprovecha el mínimo despiste para sacar el tema del tesoro de su abuelo —mi ta-
tarabuelo, por ende—, que vivió en Las Pilas, Cataluña, y era tratante de mulas
y “traficante“, cuenta, de azafrán.
Transcribo. “Decían eso en el pueblo, del tesoro en casa de mi abuelo, imagina,
el tesoro…, no se lo creía él eso del tesoro… mi abuelo“, dice. Coge una caja
de pastas rancias del santuario enmarcado de nietos graduados que hay sobre una
mesita, junto a la televisión, gente “muy importante“, según ella, y continúa la
historia sin remilgos.
“En el tercer escalón de la entrada, ahí estaba escondido. Pero él no lo
buscó, porque no se lo creía él eso. Y nos llevaba, a mi primo Aurelio
y a mí, a la huerta de la parra. De ventana a ventana iba la parra. Y avellanas,
había muchas en la huerta y las cogíamos del suelo, el Aurelio y yo”.
A mi abuela Teresa le gusta la intriga, mucho, mucho. Y cuando se acerca el mo-
mento del desenlace, pone esa cara suya de secreto de estado, mitad enigmática,
mitad devota, y dice “Santa Eugenia se le apareció un día y le señaló el tercer
escalón de la entrada. Dos días más tarde murió. Pobre. Estaba yo en la huerta.
Había muchas avellanas allí, en la huerta de la parra, ese día, y la gente jugaba
al fútbol”. Literal.
Se hace el silencio. Nos mira con cara de “qué, habéis alucinado, ¿no?“, y nos des-
pide diciendo que nos ve muy bien, muy “gordicos” y que “a ver“ si vamos más a
verla. No sé cómo tomarme eso de que estoy gordica. Cierra la puerta, echa la
llave y la imaginio con su vieja máquina de escribir terminando un relato llamado
“El Enigma de las Pilas“. La adoro. A mi abuela. Al tesoro de mi abuela.
Texto: El tesoro de mi abuela, por E.Sarmiento
Fotografía: El tesoro de mi abuela, por Ana Zaragoza
RETRATO I: JOSÉ LUIS

José Luis huele a piso de renta antigua y a jabón de La Toja. Con su ropa
de domingo y su peinado de lunes en el banco, se dirige a una cafetería
cualquiera del centro de la ciudad en busca de un cortado caliente y algo
de conversación. Camina despacio: en su vida, las prisas siempre llegaron
tarde.
En su muñeca temblorosa, arropado por el cachemir de su jersey mostaza,
late un reloj de cuerda atrasado unos tres años. Los que hace que Marga-
rita se fue de su lado.
Con la fragilidad de una marioneta rota, su mirada se pierde en un pasado de
sábanas blancas y aroma a cocido, y sólo vuelve al presente para guiñarle
un ojo a la camarera de piernas rechonchas que le sirve “su café, abuelo”.
Pero este abuelo no tiene descendencia y se saca los nietos de la manga,
en tardes de anís y tragaperras.
Su semblante desorientado va acompañado del tintineo del manojo de llaves
que guarda en el bolsillo del pantalón junto a su pañuelito bordado, con
el que, de cuando en cuando, se enjuga los ojos tristes y los labios secos
del adiós que nunca dijo cuando su reloj aún estaba a tiempo.
Fotografía © Ana Zaragoza
Texto Elena Sarmiento
FICCIONES I: SIN TÍTULO
En la casa viven tres hermanas. Tres hermanas y un gato pardo. Laura y
Patricia son casi de la misma edad; Eva y el gato, también. Eva y Laura
tocan el piano y cantan en el coro de la iglesia. Patricia y el gato, no.
A ellos les gusta más el silencio y la soledad. Y Houellebecq, Houellebecq
les gusta mucho a los dos.
Eva y Laura ensayan cada tarde dos horas en el salón, junto a la ventana.
Primero toca Eva y Laura canta; después, Laura toca y Eva pone la voz. El
gato, mientras, se hace un ovillo a los pies de Patricia y disfruta de las
lejanas armonías familiares que le brindan las hermanas de los extremos.
A Patricia nunca le ha gustado la casa, con sus ventanitas iguales y su si-
métrica distribución. Tampoco le gusta la música. Ni la música, ni el gato.
Y mucho menos sus hermanas. Pero Michel Houellebecq sí, Michel Houllebecq
le gusta mucho. Y lee y relee sus “Partículas elementales”, una y otra vez,
una y otra vez, cada tarde de ensayo.
Patricia se desespera a menudo cuando escucha las risitas mariconas de sus
hermanas mientras sueñan, al unísono y en voz alta, con vidas felices, nu-
bes rosas y maridos ricos. Y es que Ella ha renunciado, de por vida, a par-
ticipar en familia de esta impostura que es la realidad y de esta ilusión
que es el mundo. Ella lo ha hecho. Y el gato pardo, el gato pardo también.
Fotografía © Ana Zaragoza
Texto, Elena Sarmiento






